domingo, 15 de febrero de 2009

Ya no pasan trenes






Mi madre me decía que bajaba del tren y cruzaba el campo solitario hasta llegar a la casa de campo. Solía salir temprano en las mañanas de verano rumbo al trabajo, seguramente un aroma a laurel, a flores silvestres la inundaría entera; seguramente en el trayecto escucharía el silencio del pueblo dormido mezclado con el ruido de los pájaros, o el sonido de la lluvia cayendo en el verdor de los pastizales. Mi madre me contaba que a veces cuando regresaban con mi tía les parecía escuchar de lejos la presencia de alguien extraño, ajeno, que los perseguía pero al darse vuelta seguro era solo una sombra, nada mas. Muchas noches regresando a caballo de alguna fiesta les pareció sentir lo mismo, aquella presencia no descubierta jamás. Y en las noches de tormenta y de truenos seguramente recordaría esa presencia ajena nunca vista, entre las sombras de la habitación a oscuras.
Me contaba que en la galería de la casa, se sentaban los tíos a ver quien vendría por el camino que se extendía hacia el pueblo aislándola un poco. Jugaban a adivinanzas, a saber quién llegaría por allí a romper un poco la monotonía de la tarde. En aquellas horas de siesta, solían salir al campo de atrás de la casa, lindante con el río Blanco a recoger hongos. Y mas tarde mi abuela hacía un dulce exquisito con los higos de la higuera junto a la cocina; y los hongos a la provenzal para acompañar el vino tinto del atardecer.
Todo eso vi un día lejano, imaginando una historia para una película. Todo eso sentí esta tarde nublada regresando a aquel lugar donde ya no paran trenes, ni hay hongos, donde el camino ha sido cambiado por el progreso. El pueblo sigue pareciendo lo mismo mas quizás haya perdido el encanto de esos días, sin embargo yo por sus calles volví a recoger el recuerdo de mi madre, ya sin nostalgia ni melancolía, con sonrisa, con una sonrisa, le dije a mi madre que el tiempo no se acaba jamás.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Volver a casa

En estos días he estado con la intensa actividad de renacer un sueño, de volver atrás, hacia el pasado, y rescatar mi primera película. Eso me llevó a lugares que hacía mucho no recorría, zonas de la ciudad olvidadas desde que vivo en Buenos Aires.
Ayer, regresando de hacer unos trámites de la herencia artística de mi abuelo, volví a pasar por la vieja casona donde transcurrió mi infancia. Volvieron a mi las imágenes del pasado con aquella fuerza y presencia como antaño.
Decidí entrar a visitar nuevamente sus habitaciones, a observar su patio donde entonces, una espléndida parra tapaba un patio de baldosas y una costilla de Adán se encaminaba cielo arriba sobre la pared lindante con la casa vecina.
La calle ha cambiado bastante. Ya no están las mismas casas, y al entrar, reconocí el espacio que fuera de los juegos a pesar de estar tan cambiado; ya la costilla de Adán no existe ni la parra, ahora funciona allí una escuela de arte y había alumnos y gente haciendo trámites, nadie advirtió mi presencia; por lo que aproveché para hacer un pequeño recorrido por el primer patio, mirar la habitación donde dormía y el comedor, como las habitaciones principales.
Lo que mas me sorprendió fue que los espacios que me parecían inmensos, eran muchos mas pequeños, salvo las puertas y ventanas que aún siguen siendo iguales.
Salí de la casa convencida de que mi paseo por el recuerdo no había sido realizado, pues el lugar distaba mucho de ser lo que era. Un busto de mi abuelo me sonrió al salir, y al llegar a la esquina, un grafitti con esa palabra devolvió ahora en mi la sonrisa, esos mensajes que percibo de vez en cuando de las cosas inexplicables llegaba otra vez.
Cruzando la calle pensé en cómo nos engaña la infancia, todo puede ser mas grande y mas bello, mas significativo o mas horroroso de lo que en realidad es. Al final de cuentas, volví a mi vieja casa en las dos cuadras que caminé reconstruyendo aquellas tardes en que solía jugar en el primer patio antes que la abuela me llamara para la cena.

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