Mi madre me decía que bajaba del tren y cruzaba el campo solitario hasta llegar a la casa de campo. Solía salir temprano en las mañanas de verano rumbo al trabajo, seguramente un aroma a laurel, a flores silvestres la inundaría entera; seguramente en el trayecto escucharía el silencio del pueblo dormido mezclado con el ruido de los pájaros, o el sonido de la lluvia cayendo en el verdor de los pastizales. Mi madre me contaba que a veces cuando regresaban con mi tía les parecía escuchar de lejos la presencia de alguien extraño, ajeno, que los perseguía pero al darse vuelta seguro era solo una sombra, nada mas. Muchas noches regresando a caballo de alguna fiesta les pareció sentir lo mismo, aquella presencia no descubierta jamás. Y en las noches de tormenta y de truenos seguramente recordaría esa presencia ajena nunca vista, entre las sombras de la habitación a oscuras.
Me contaba que en la galería de la casa, se sentaban los tíos a ver quien vendría por el camino que se extendía hacia el pueblo aislándola un poco. Jugaban a adivinanzas, a saber quién llegaría por allí a romper un poco la monotonía de la tarde. En aquellas horas de siesta, solían salir al campo de atrás de la casa, lindante con el río Blanco a recoger hongos. Y mas tarde mi abuela hacía un dulce exquisito con los higos de la higuera junto a la cocina; y los hongos a la provenzal para acompañar el vino tinto del atardecer.
Todo eso vi un día lejano, imaginando una historia para una película. Todo eso sentí esta tarde nublada regresando a aquel lugar donde ya no paran trenes, ni hay hongos, donde el camino ha sido cambiado por el progreso. El pueblo sigue pareciendo lo mismo mas quizás haya perdido el encanto de esos días, sin embargo yo por sus calles volví a recoger el recuerdo de mi madre, ya sin nostalgia ni melancolía, con sonrisa, con una sonrisa, le dije a mi madre que el tiempo no se acaba jamás.
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