martes, 15 de diciembre de 2009

Residencia de estudiantes

Hoy recibí un mail contándome de un rodaje finalizado, entre vómitos y mareos de un equipo técnico entre mezclado con actrices en alguna parte del sur de Chile, sobre un Pacífico no tanto como su nombre.
Recuerdo aún el día en que llegué. Supongo que nunca olvidaré los primeros días, ni ante el desconsuelo de que ya no existan, si es que no existiesen. El aeropuerto, las escaleras del metro, la satisfacción de respirar otro aire, diferente; la luz cegadora al salir de las escaleras. Y la calle vacía de un domingo, no cualquiera para mi, cualquiera para otros, seguramente.
Subir por la calle del Pinar, llegar hasta la colina de los Chopos, entrar por esa callecita arbolada, entre esos árboles que crecen al costado de ese camino, maravillosos, frondosos y no tan árboles para tanta sequedad, aunque un paraíso. Las primeras luces de la Residencia. La habitación con vista a la otra ala lateral, las luces encendidas por las noches y yo, mi computadora, y mi soledad acompañada en el sueño mas maravilloso que se pueda soñar, con tan poco, con todo, con las palabras de un guión. Caminar por los jardines de la residencia leyendo a Borges para no olvidar la patria, de la que tanto renegamos y que tanto nos conmueve cuando partimos lejos. Ser por fin una escritora de ilusiones por aquellas tierras en ese breve tiempo. El breve tiempo concedido de un milagro secreto, el de ser dueña del mundo con casi nada, simplemente con el poder de las palabras.
Paseaba por aquellos corredores arbolados, sin tener conciencia que eso, como un sueño, duraría poco, y que en casi dos meses debería volver al ruido infernal de Buenos Aires, a la violencia de sus calles, a los transeúntes groseros, a la extraña humedad que nos extraña.
Y entonces eran charlas cinematográficas, recuerdos de Federico y de Buñuel, paseos por la Castellana, almuerzos bacanales y cañas en Chueca o en la Gran Vía.
No tuve conciencia o poca, que como los sueños cuando son buenos, es imposible olvidarnos de ellos. Con algunos recuerdos fuertes y decisiones a medias, un buen día tomé el avión y volví a la patria desordenada y para no deprimirme puse un manto de olvido en esos párrafos que solía decir Raquel, mi protagonista, que casi no habla porque ha perdido todo; en la amistad y el amor de Enrique, en el talento desordenado de Julia, en los sueños, y en el piano. En el poster de una pianista argentina inalcanzable, maravillosa, única, que me hizo escribirle esa historia. Y en las palabras de Julia, otrora protagonista, sobre la foto de ella, "Bienvenida Martha".
Es como si el invierno que en aquellos últimos días del otoño europeo le iba ganando la batalla a las hojas de los árboles hubiera caído encima mío y de esa última imagen cuando me iba rumbo al aeropuerto; una especie de fade out, o fundido a negro como quiera decírsele se cerraba sobre mi memoria y pronto volví a ser yo, sin ser nadie, yo de nuevo ya sin esos días idílicos de la colina de los Chopos...

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