
Vi su foto por primera vez en la página del diario El pais de Madrid, un domingo frío de Enero. Esos ojos verdes, ese pelo rubio, esa mirada dulce de niño. Inmediatamente pensé que necesitaba comprar el libro y llevarmelo a casa como uno de los descubrimientos del viaje. Eso hice por suerte, y desde el invierno me llevé abruptamente al verano de Buenos Aires a este niño- poeta muerto a los 19 años en circunstancias tan extrañas como misteriosas. Era un prometedor escritor canario joven que empezaba a asomar con su talento, hallado muerto en el baño durante o después de una ducha.
Comencé a leer el libro en el avion, y a mi, -que no soy una lectora rápida pues me gusta detenerme en parrafos que pueden llevarme mucho tiempo de análisis-, la lectura me llevó tan solo un par de días. Esa genialidad de un artista joven me atrapó en la primera página cuando el personaje, Bernardo, se sabe y nos confiesa ser inmortal. Esa inmortalidad tan prematura del escritor a la vez nos sitúa de lleno en la trama y nos atrapa como si se tratara de un hombre maduro que en determinada etapa de su obra nos presenta una de sus tantas novelas. Y allí estamos, en ese mundo que plantea este niño-artista desde esa primera página haciéndonos incapaces de abandonarlo hasta el final.
Me recordó a mi hermano y su poesía, a su mirada intensa, a aquella juventud perdida en circunstancias trágicas también, e incluso con algunos años de diferencia pero en casi la misma época. Un viento de recuerdos entró por la ventana, volvieron las palabras de otros muchos artistas casi desconocidos, que esperan pacientemente algún día ser descubiertos.
Hoy leía que sólo el arte transforma la vida. El arte nos hace eternos. Ahí está Félix Casanova en la biblioteca de mi casa después de haber atravesado el mar; de vez en cuando me cuenta en su novela la prematura genialidad, y a veces en el silencio le doy las gracias de haberlo encontrado a tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario