Cae el domingo sobre la ciudad. Hasta hace unos instantes, agónico y lento. Un sol otoñal de fines de verano nos acompaña brillante y por las calles, el centro que siempre es un caos se ha convertido en un silencio placentero. Descansan las avenidas de tanta actividad, seguramente esperando que al otro día se lancen desesperados aquellos que deben emprender el reto diario de transitarlas, con miles de preocupaciones.
Pienso en los sueños que soñé y ya no existen, caminando por Florida, en todo aquello que quise ser y no pude. Mi alma se llena de tristeza, de una angustia casi incontrolable. Ha sido un fin de semana de descanso, el primero en actividad, duro y difícil. Un anticipo de lo que espera en la cortina de los días prontos a venir.
El sol comienza a desdibujarse cuando vuelvo a casa, sin embargo esa angustia se convierte en esperanza, en una pequeña fuerza que parece hacerme renacer. Y en las primeras sombras de la tarde, cuando el domingo se decide a partir, siento que vuelvo, preparada para las próximas batallas, con el cargamento un poco renovado.
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